El ruido en una biblioteca podría estratificarse en una escala de uno a diez: póngasele un nombre alemán rimbombante y será tan científico como lo que más. El ruido de unas obras dentro de la propia biblioteca tendrá, obviamente, el número diez, ya que no hay nada más desagradable ni doloroso que tener que aceptar que la molestia que sufrimos nos complacerá en el futuro. Pero, desde luego, el que manda hacer unas obras en una biblioteca humanística es un criminal y un impío al no saber que ésta es sólo una tumba polvorienta del pasado vigilada por un número indeterminado de enterradores.
Y a pesar de que conocen el decreto de Dios, que declara dignos de muerte a los que hacen tales cosas, no sólo las practican, sino que también aprueban a los que las hacen. Romanos 1:32